De ella se podrían escribir multitud de libros. Los posibles títulos serían: “Cómo pasar de ser una artista a una popstar en tres sencillos pasos”, “Sobrevivir de duetos: ese arte desconocido”, “Las caderas y como explotarlas al máximo sin quedarte lisiada”, “Oral Fixation Vol. 2: el álbum que nunca existió”, “Cómo reflotar un fracaso de álbum con una canción muevecaderas” o “El arte del engaño: como mentir y que la gente te crea”.
Es curioso el caso de esta mujer. Era mucho más madura con 20 años de lo que lo es ahora que tiene 30. Antes escribía canciones inteligentes, con buena música y buena melodía. Se esforzaba por hacer las cosas como es debido. No hacía la publicidad descarada que hace ahora. No utilizaba sus caderas en todas y cada una de las canciones, hasta en las que es totalmente innecesario.
Siempre ha cosechado tanto fans acérrimos como detractores fieros. Y es que su voz o la odias o la amas. Si no sabías apreciar sus ricos matices (que los tenía), lo más probable es que la detestaras profundamente. Ahora ya no tiene esos matices porque fuerza la voz en exceso. Lo mismo pasa con su música. He de decir que nunca he pertenecí a ninguno de los dos grupos. Nunca fuí una de esas adolescentes que defienden a sus ídolos a muerte, que se ponen a llorar por ellos, que hacen lo imposible para ir a un concierto suyo (o a varios), que se compran todo el merchandising que sacan aunque no valga para nada. No, yo ni siquiera he puesto pósters suyos en mi habitación. Simplemente me gustaba su música. Hasta ahora. He pasado de ser una fan normalita a una de sus más férreas detractoras. Y, tomando ejemplo de las novelas por fascículos, me voy a despachar a gusto en este artículo por partes.

Lo que dice la gente